El cafeto: un arbusto ecológico generador sólo de bienes al humanus – Testimonio de dos ecopoetas y un novelista

El café (Coffea arábiga L. Fam. Rubicaceae) dador del exquisito café, es un solidario aliado del bosque. Ambos se necesitan, la floresta le da la penumbra indispensable para su vida, el cafeto por su parte le exige al agricultor el mantener la imprescindible fronda selvática de esta manera le retribuirá una segura riqueza honesta.

Arbusto pues, ecológico, además hermoso, productor de múltiples haberes al humano, la intensidad del verdor de su follaje dinamiza los matices del paisaje; cuando las florece el vivaz blanco de sus flores unido a su fragancia exalta elementales sentimientos estéticos del agrícola; el carmín de sus frutos al madurar alegra el ámbito rural por aquello nominado en la antigüedad latina la amenitatis ruris, a la  cual se suma la esperanza de buenos ingresos económicos para el campesino.

La bebida del café es la de mayor consumo en el mundo – después de las alcohólicas -, lo cual garantiza un mercado confiable siempre en crecimiento, su rentabilidad nunca defrauda la inversión. La larga cadena de los espacios comerciales de su industria se traduce también en abundantes ofertas de trabajo, de empleos, en fin. Afirma al respecto el botánico Jesús Hoyos en su libro Frutales en Venezuela (Caracas, La Salle, 1994); “La producción de café en Venezuela en 1984, fue de 61000 toneladas que representó un valor de 575 millones de bolívares” (p. 251).

Se comenzó a cultivar en Venezuela entre 1783 – 1784 en las haciendas bordeantes de la ciudad de Caracas. El proceso de ese acontecer lo registra en excelente prosa el escritor Arístides Rojas, en su relato histórico afectivo rotulado LA PRIMERA TAZA DE CAFÉ EN EL VALLE DE CARACAS. Vincúlase a este suceso tres célebres nombres, el sacerdote José Antonio Mohedano, el farmaceuta Bartolomé Blandín y el padre Pedro Sojo. Curiosamente el cultivo de este benefactor arbusto estuvo ligado al desarrollo musical de Caracas y sus alrededores.

Dice Arístides Rojas: “Al hablar de la introducción del café en el Valle de Caracas, viene a la memoria el del arte musical, durante una época en el cual los señores Blandín y Sojo, desempeñan importante papel en la filarmonía de la capital. Los recuerdos del arte musical y del cultivo del café son para el campo de Chacao lo que para los viejos castillos feudales las leyendas de los trovadores”…(Oscar Sambrano Urdaneta, Tradiciones venezolanas. Caracas, Ministerio de Educación, 1964. P. 54).

Dos poetas venezolanos escriben sobre el cafeto con admirable filia ecológica, en el siglo diecinueve Gonzalo Picón Febres (Mérida, 1860 – Curazao, 1918). Buena parte de la obra lírica de este merideño ejemplar cantó la vida rural de los Andes venezolanos – ¡trovador de la georgicidad! – así también exaltó en uno de sus versos la singular flora de las montañas merideñas – sativa o silvestre – junto a su paisaje de estrechos valles, faldas, vegas paramos y por supuesto el hombre y la mujer campesina pobladores de las aldeas de esta alomada geografía.

Compuso este simpático soneto sobre el café (tomado de su poemario Claveles encaramados y amarillos. Curazao, 1983. P.54).

El Café de Gonzalo Picón Febres

En la vega, en la cumbre, en la explanada

luce el café sus límpidos verdores

y cubriéndose va de blancas flores

al sonante bullir de la quebrada.

Roja como la espléndida granada

y de fragancia henchida y de dulzores,

a poco ostenta en ramos vividores

la fruta ya meliflua y sazonada.

Rico néctar después, fragante humea

en taza azul de porcelana china

donde el matiz de oro centellea.

Y al ascender a la región divina

de donde surge el ritmo de la idea

Conviértese en estrofa peregrina.

En el presente siglo la poeta caraqueña Nada Salas en su poemario Raigambre (Caracas, 2001) celebra el reino vegetal del Planeta Azul en más de cien odas. Sabe leer con sapiencia esta sublime trovadora el espíritu de las plantas. Con la misma devoción por los escenarios botánicos del Nuevo Mundo del cantor de la “Zona Tórrida” Andrés Bello, ella vertió con artisticidad en las estrofas de su opúsculo Raigambre las cantigas de los padres árboles percibidas por el encantamiento del verdor, mediante la constante presencia del entrecruzamiento lúdico de los entes de la naturaleza vegetal con la ventura intima del humano, así pues escribió sobre el benefactor arbusto:

CAFETO EN FLOR de Nada Salas (Coffea arabica)

Reencarnados

En heredad de follaje

Albean perfumadas

Hileras

De astros breves

en nostálgico arrobo

otean

la insondable taza celeste

desde donde en tiempos idos

vertían

Sus resplandores

antes que se transformen

en cuentas de color

antes que el fuego las tueste

y el aire se insufle

con las cenizas de su blancor

antes que su tinto olor

humedezca la humildad taza

quiero

de nuevo

cantarle a su ramas

consteladas

de cándidos brotes.

(Raigambre, p. 24).

El narrador venezolano Manuel Díaz Rodríguez (Caracas, 1871- Nueva York, 1927)

relata de manera patética la vida campesina en las aldeas cafetaleras del centro norte

Del país en su excelente novel Peregrina (Madrid, 1922). Aunque la fábula del libro teje una tragedia amorosa entre aldeanos, en el fondo sus páginas rinden un hermoso homenaje a este arbusto ecológico, tan importante en la economía de esta región entre los siglos diecinueve y veinte.

Con el magistral párrafo final, dicha obra concluye también este escrito para AZUL AMBIENTALISTAS

 “Imperó de nuevo el silencio y en la noche serena y callada se esparció un olor a jazmín. Ya medio abierta por el día, acaba de abrir esa noche la flor del café. Y al día siguiente amaneció el cafetal todo blanco. Debajo de una sabana de nieve fragante y florida se ocultaban el negro, el verde y el gris de los troncos. Era como si el cafetal se hubiese engalanado en obsequio de la que pronto, inerte y muda, había de pasar bajo el palio de sus jazmines de nieve. Era como si el cafetal se hubiere puesto a urdir y ofrecer, en una misma tela de la naturaleza en flor, a un tiempo el velo de novia y la mortaja de la flor que nació y murió en su lindero, hermana de cándido “abrilito” y de la “azucena” de púrpura, confidente y amiga olorosa “buenas tardes”, compañera de silvestre “no me olvides” y “heliotropos”.

(Manuel Díaz Rodríguez, Obras selectas. Caracas, Edime, 1968. Pp. 459 – 460).

Lubio Cardozo, ecopoeta venezolano.

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